Si algo caracteriza este poemario, cuarta entrega de la serie Fábula, es la fusión de momentos, de lugares y de géneros
literarios. Tiempos, los recordados y los vividos en su estancia londinense se
mezclan, en un presente continuo, con lugares como Moguer, Puerto Real o
Kensington en un rincón fantasmal de la conciencia; los géneros literarios como
el aforismo, el diario o la lírica se funden en todas sus líneas. ¿Qué hace que
este libro sea poesía? Si observamos con atención los rasgos de los géneros
tradicionales, descubriremos que no se pueden caracterizar estrictamente por la
aparición de un narrador, del verso, del
argumento, o de acotaciones. Lo que en el fondo los identifica es el especial
tratamiento del tiempo que encontramos en cada género: Si en la narrativa el tiempo de la ficción se
resume en las cortas horas que precisa el lector para vivir la aventura y en el
teatro se vuelven a presentar los minutos vividos ante la mirada espía del
espectador tal cual fueron sucediendo; en la poesía, sin embargo, no nos queda
otra posibilidad que ampliar los instantes fugazmente intuidos por el hablante
poético expresados en breves y profundos versos que exigen reflexión,
relectura, implicación, un "tempo" diferente que permita desdoblar
todos los sentidos del poema. Resumen, representación y amplificación son la
esencia de cada uno de los géneros. En este poemario podemos encontrar esa
amplificación que caracteriza lo poético cuando la vivencia, fugaz o intuida,
crece en una multitud de relaciones y referencias, a veces insospechadas, en un
camino que sólo puede terminar el lector.
Desde el principio el lector extrañará la tradicional disposición versal
y encontrará otros recursos rítmicos (autorreferencias, paralelismos, repeticiones
de motivos...), pero no dejará de reconocer, entre pensamientos, aforismos,
monólogos, sentencias y digresiones cercanas al diario, la tonalidad lírica, la reflexión y la mirada
más propia de la poesía. Durante toda la
lectura, detrás de los temas iluminados en cada poema (dios, soledad, tiempo,
poesía), permanece en segundo plano, constante, la respuesta a la duda: sí, sin
duda leemos poesía porque el texto amplifica la mirada del lector y amplía el
significado de lo vivido.
La vocación del género del diario
es palpable desde el primer poema, la expresión en presente funde en un momento
continuo las experiencias vividas y sus reflexiones, al modo de las Ensoñaciones de un paseante solitario,
hilvanando promenades como un Rousseau soñador. El auténtico
protagonista es la introspección.
La observación deviene en una auténtica vía purgativa: La desnudez, el
dolor, la búsqueda de la luz centran a menudo las líneas de pensamiento:
Con las palabras se busca la verdad, ese
veneno que diferencia al hombre de sí mismo (p.24)
Todos estamos solos. Te dije que la
duración es una acción humilde (p.25) Caminar sin amor entre los
hombres nos lleva a lo insensato (p.26)
Entre las especulaciones que desgrana nuestro viajero en aparente
desorden, en contradictorias apariciones, como caóticas líneas de pensamiento
podemos destacar como un auténtico eje de comprensión la figura de dios, a veces figurado en su silencio, otras en su capricho, aunque
siempre entendido como figura simbólica:
Fracasas y descubres que dios no está presente
Hay un dios en el mar que abusa de nosotros. (p. 27)
Dios, siempre marcado con letra itálica, se desliza entre
recuerdos y aforismos, muchos de ellos de vocación metapoética:
Los libros no se limpian, se devora, se
leen.
En literatura todo lo imprevisible es
prescindible. (p. 20)
las grandes obras nunca se acaban de
leer. (p. 23)
En algunos momentos estas expresiones centradas en la indagación de lo
poético, se enlazan con otras que parecen identificar la labor del poeta con un
sacerdocio:
Los poetas no acuden con galantería a
las fiestas políticas
Los poetas se expulsan. (p. 21)
La palabra es el centro de la vida de
dios, el músculo primero de la verdad sincera, de la poesía.. (p. 46)
La palabra es un mundo que hay que
descubrir y debes estar solo. (p.47)
Dios, desnudez, luz, la búsqueda de la palabra exacta se
transforman en símbolos de raigambre juanramoniana:
Pienso en la luz como deseo la verdad. (p.55)
Es la palabra justa la que conduce al
poeta por el camino de la esencia. (p.39)
Lo bueno de ser luz es la mirada. (p. 20)
Culmina este juego alegórico con el motivo omnipresente en todo el
poemario y que le da nombre: el centro del parque, espacio simbólico, fusión de
lugares vividos, altar en que la mirada se transforma, se comprende el cosmos o
se emprende la exigente labor poética.
Aprendo de las personas que pueden
enseñar, que han leído la esencia, que llegaron al bosque y, en su centro,
descubrieron la luz y su silencio. Sin silencio no hay poesía... En el centro
del parque todo se ve distinto (p.48-49)
Más allá de la poesía cuya inefabilidad se expresa a través de líneas de
pensamiento desordenadas que rozan lo caótico o la incoherencia, más allá de la
poesía que trata de hablar de la poesía misma, más allá del ideal de pureza,
encontramos la poesía en la consciencia
del momento, transcendiendo el tiempo, presente, pasado o futuro:
Las cosas de la vida se conocen si pronto sabré quién eras de verdad.
Sin saber responder. Este último día del año o de mi vida se ha anclado a
nuestros pies... (p. 36)
El alfabeto es la máquina del tiempo..
El desorden del tiempo, curiosa introducción (p.22)
La percepción del tiempo, en su anarquía, en su caos, significa algo, transforma la comprensión de
lo vivido y transforma también los lugares
(Kensington Park, Moguer, Puerto Real) en sólo uno:
Este parque infantil de donde nunca
salgo. Saludo los recuerdos... El fin de este paseo es conocer al niño, es la transformación,
la ola que nos mece y nos arrastra fuera.. (p.26)
Sin embargo, el auténtico protagonista del libro es la poesía, su
esencia, sus límites, su vivencia:
El poema es un sueño que empieza a
mediodía. (p. 60)
Una duna se mueve como lo hace un verso,
sin premeditación. (p.
61)
La última imagen:
Siempre es mediodía en Kensington Park.
Suele ocurrir de noche. La duna va avanzando por el centro del parque. (p.62)
El cierre del poemario sorprende en su contraste, como un fundido, una
noche reflexiva. De la misma manera que en la imagen final encontramos fusionados
lo onírico y lo real, también encontramos amalgamados durante todo el libro lo
poético, lo aforístico y el diario, el tiempo pasado, el presente y el futuro,
los lugares vividos (Puerto Real,
Londres o Moguer) en un espacio poemático o emocional, cuya finalidad ha
sido indagar, explorar, inmerso en el caótico devenir de la mente, los difusos límites de la poesía.